viernes, 26 de febrero de 2010

Imaginando...

La pluma conduce a la mortalidad de la línea, a la suerte del claroscuro y la leve proximidad de la sombra que enajena la caricia, había palpado a destiempo estos dos ojos, los había recorrido en la tierna luminosidad del instante, es cierto, cuantas veces había sido cierto que esta suspensión es la que nos lleva al sentido efímero de los actos, así el joven Hamlet, imaginando las líneas, al amor que no se corresponde ni se entrega como una carta, que no tiene destinatario, a través de la pluma escribe y le da una especie de mortalidad a la línea huidiza y la transparenta entre la noche que transforma los enigmas en una ambigua ilusión: no ha sido la suerte, el azar, no ha sido la memoria, quizás el tiempo.

Hamlet coincidió con Segismundo, ese Segismundo que había vivido tantos años en las esquinas de esa torre anhelando la libertad en la esperanza, padeciendo las cadenas del cuerpo y del alma, deseando, cuando el deseo es la mayor fuerza del instinto, la mayor esperanza en el saber que se reduce al encarcelamiento y a la única libertad en la palabra, en el aroma de la sabiduría, lo saludó y se presentó como si hubiesen sido viejos amigos, con una mirada familiar, cálida y a la vez simple -pero era en esa sencillez donde estaba la complicidad con el mundo-, en ambas había un rastro de bondad y de ironía, sin embargo en Segismundo estaban los ojos del dolor por un tiempo cubierto de dudas y preguntas, de ese origen que reside en la historia sin terminar de rozarnos sino desde un amplio secreto, desde un lugar de antes, del minuto después del nacimiento, de un nacimiento que cercó la desdicha, la soledad.

Mientras le describía los espacios entre ecos traídos del ayer y del hoy a través de las esperanzas, iba llegando el tiempo de dignificar, la idea de venganza, todo se iba esclareciendo, Segismundo nunca supo si escapar o permanecer allí, tomó el barco, soñó, se sentía a gusto con su nuevo compañero de embarque, era asombroso que dos hombres se hubiesen conocido y no por casualidad, como esos personajes de teatro que llenan de ficción los horizontes de la vida y llegan a parecerse tanto a la realidad o el deseo, al sueño. Pensaban en Inglaterra, mientras Segismundo recordaba la tierra del adiós y Hamlet acariciaba a Dinamarca; el destino, lo dejado, les esperaba la exhuberancia inglesa que no sólo está rodeada de riquezas o de triunfos sino de calamidades cuando sueña el pobre que padece/su miseria y su pobreza1 y sueña el rico su riqueza/ que más cuidados le ofrece2, ese Hamlet que conocía la belleza de ese mal que para algunos es la última esperanza, de esa vida en la que el sueño nos conduce en el deseo cuando al cesar la pasión cesa el empeño3, un deseo que debe ser pasión, anhelo, que tiene un motivo, un antes, un después, un ahora.

La misma ruta desde dos puertos diferentes, Inglaterra, los otros ojos, la tardanza del otro corazón que siente la angustia, del que vive la vida como una miseria o un pedazo de la gran realidad, que siente y piensa lo extinto en los sentimientos, de las acuarelas del tiempo y el sabor del amargo misterio que llega desde otras voces: la muerte, la injuria, el incesto, el dolor de encontrarse rodeado de traición. En un momento mientras se hallaban juntos Segismundo le dijo a Hamlet –el sueño ha sido la forma más intacta de la realidad, la más pura razón, el sosiego que se esconde tras la búsqueda en el desasosiego, del día a día, la hora que nos develará ese otro origen, la otra causa que nos complementa, que nos atrae y nos rehúsa, silente está tu corazón pero no se borrará con el tiempo, aunque quizás si con la historia como es sabido-, él lo miró, observo que en sus palabras había sabiduría y a la vez respondió –todos en algún momento padecemos esa incertidumbre, ese ser o no ser, luchamos contra los instintos buscando el cauce que nos lleve del laberinto de la fe y nos dé la salida, la luz que hasta el ciego halla dentro de sí, esa luz que nos protege del abismo de la demoníaca existencia, he padecido la traición, he vislumbrado las formas humanas, los más míseros pensamientos que tal vez en el pobre no pasen de ser el deseo de una moneda o de la migaja que llevará a su boca.

Escribía, tejía la historia, conocía y comprendía al mundo más allá de sí mismo, había una ambigüedad en esos dos seres, en esos dos personajes que se entremezclaban en la ficción y se escondían en la realidad, en la forma en la que soñamos la realidad desde nuestra mirada, para Hamlet el sueño era muerte, descanso de las aflicciones mientras que para Segismundo era vida, instante, circunstancia, el sueño se acercaba más a la idea de respiro, de acto, de condición, era una parte de la humanidad, para Hamlet era el descenso, el descanso, la incertidumbre, quizás la paz.

Hamlet movía la pluma mientras su mirada se conjugaba con el mar en una absoluta comunión “Alguien ya dijo alguna vez que no existían culpables, quizá tampoco inocentes, rostros en cuya mirada la vanidad incierta alumbra la vida, la vanidad no es razón, sólo una falsedad, esta no era una manera de continuar mas si de existir, lo que el tiempo nos brinda a veces es memoria, el recuerdo que nos perturba y nos hace recordar a los dormidos.

¡Ser o no ser; he aquí la cuestión! Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar.4”

Hamlet escribía y a la vez Segismundo tomó un libro y en sus paginas leyó “Es verdad; pues reprimamos/ esta fiera condición,/ esta furia, esta ambición,/ por si alguna vez soñamos;/ y sí haremos, pues estamos en mundo tan singular,/ que el vivir sólo es soñar;/ y la experiencia me enseña/que el hombre que vive sueña/lo que es hasta despertar”5, -ese sueño es la bondad de mis más grandes anhelos, ¿si cuando despierto encuentro la vida como verdad, es mentira lo que sueño?- se preguntó, cerró el libro y siguió pensando.

Mientras ambos sentían el sueño en sus ojos y veían la condición humana, la avaricia, la pobreza, el amor, lo impuro de los actos en el ser, para los dos el sueño era algo más que palabra, que habito, era parte de sí, desde la mirada de cada uno no sabremos quien sueña cuando duerme, cuando vive, cuando respira por un anhelo, cuando parece dejar de existir, tal vez sólo nos acercaremos a la a la realidad que no deja atrás esa humanidad que se ciñe, que a destiempo nos recorre, si Hamlet es “escritor” y Segismundo “lector”, nosotros quizás somos espectadores de lo escrito por la vida.

Maryfel Alvarado.

1 comentario:

Maryfel Alvarado Méndez dijo...

Este es un ensayo que escribí cuando estaba en el 5to semestre de mi carrera de Letras para Literatura española II, lo había perdido pero aquí está de nuevo.