La primera vez que leí sobre la anemona fue cuando estudiaba sexto grado, desde ese momento nunca olvidé a esa flor del viento que sólo se dibujó a través de los juegos entre significados y significantes y en una fotografía en un libro que ya he olvidado. Se trataba de un proyecto sobre las plantas y yo tuve que hablar sobre las flores silvestres. Misteriosamente sólo me acuerdo de esa palabra, de esa flor, quizás la asocié con el anemómetro cuyo significado lo estudié reiteradamente en los salones de clases. Después de algunos años, me vine a encontrar con ese vocablo en un hermoso poema de Guillermo Sucre. Ahora esa palabra cobró otra significación al estar precedida por hermosos accidentes verbales, por esa deshecha sensación de lo melancólico, “anemona deshecha en un océano triste”; su misma significación en su pureza vegetal puede hacernos dialogar con la nostalgia, con esa hermosa imagen que es el viento. En él el misterio, el exilio, el desacierto de lo que no tiene ningún lugar, ninguna estación inmóvil sino que se desplaza en las orillas de la aventura y de lo trágico, ser viento significa ser palabra, átomo, signo que no se ve pero persiste en el sueño, vuelo que me arropa cuando creo que apenas existo. Ese viento deshecho y esa fragilidad que implica pensarse como flor, como levedad, como cuerpo sensible a los rieles de la naturaleza, del mar infinito, de ese océano triste que reitera los ecos melancólicos de ese verso. De este modo: encontrarse con una palabra podría convertirse en un milagro o algunas veces en una calamidad, puede convertirse en un arma o en la salvación ante la mínima plegaria con la que le imploramos al mundo bajo una atea redención.
A partir de esa palabra y de su nostalgia –mi nostalgia-, me encontré pensando en la relación entre las palabras y las cosas, entre palabra e imagen; sobre esa primera impresión que tienes ante el significado de una palabra, el plano emocional, la huella, la fija fugacidad de esa mirada que es apenas misterio. Una palabra no sólo posee significado en sí misma sino el que se dibuja en nuestra mente, en nuestra circunstancialidad: no sólo estamos pensando en ella sino en su historia que termina por convertirse en la nuestra, en la historia de la relación que ha nacido con esa palabra desde el momento de la primera percepción. La anemona es la memoria, el trastiempo, el destiempo que me dibuja recuerdos transfigurados, la anemona es la poesía.
Vuelve otra vez a encarnarse esa flor del viento, me pregunto qué es la respiración, si ¿en el verano cada palabra respira en el verano?, y pensar en una palabra significa hacerla respirar al igual que pensar en un poema, la respiración de convierte en sinónimo de vida. Las palabras al igual que los seres tienen vidas, ciclos, destinos.
Evoco de nuevo el verso, “Anemona deshecha en un océano triste”, e imagino a esa flor moverse, zumbarse ante ese desamparo de habitar en lo desconocido sin quizás saber que es habito, que respira, que siente, que sufre, que quizás posee lenguaje, y así me vuelco al hombre que también es viento que transita porque no termina de pertenecer a ninguna estación. Transpirar, respirar: inhalo, exhalo. Soy un palpito mudo y la gente quiere explicar mi historia, mi nombre, mis sueños, ¿mi nombre fue acaso un sueño?, ¿mi nombre fue una causalidad?, ¿una postergación?, ¿quiso ser la nostalgia de otro ser humano, su recuerdo?, ¿una definición de infinito porque el único espejo es serme, es borrarme?, ¿seremos cómo esa flor del viento que no se sabe que se es?, ¿qué al menos creemos que no se sabe ser?
Leer un texto. Derrumbarse ante los hilos de la imaginación ficcional o poética. Entregarse finalmente a ésta es un acto amoroso, incierto. Algunas palabras me revocan a pensar en la poesía de Guillermo Sucre: respirar, verano, espejo, infinito, sueños. Me he robado algunos de sus versos para explicar mis sentimientos y mis aproximaciones a otros poetas y narradores. Los coloco en cursiva para sentir menos el delirante plagio de las palabras, mas sin embargo de alguna forma sueño que se convierten en mi palabra o al menos en mi sueño, en mi fija fugacidad que se evapora cuando no escribo lo apenas soñado en un intento de aproximación a una lectura poética. Pensar en esa fija fugacidad quizás sería comprimir toda la historia de lo que se ha sido como lector de literatura, de imágenes poéticas, es pensar también en ¿qué es el poema en sí mismo?, ¿no es un cifra de sí?
La palabra implica pensamiento, formulación, las matemáticas no son sólo números, dígitos que inscriben las huellas de nuestros pasos, quizás la metáfora del orden del mundo que quiere ordenarse con cifras, limitarse, tener una explicación de las constantes incertidumbres. Si todo fuese absoluto no existirían los poemas. El conteo de las horas, los minutos de la respiración de la tierra y de los hombres, la historia de nuestros constantes vuelcos en la misma humanidad en la cual a pesar de las décadas, los siglos, los milenios, de la figura imaginaria del tiempo: el hombre sigue careciendo, deseando, pensando o dejándose llevar por el exterminio lento de los días, desterrado de su sensibilidad o entregado a ella porque le encuentra más sentido que a lo otro que se descifra en circunstancias de la necesidad, de lo pragmático y luego se anula. La imaginación es transfigurable: es un cuerpo que se teje de bifurcaciones, posibilidades, se construye con el movimiento de los días. Leer la poesía de Guillermo Sucre es un acto que no sólo lleva a reflexionar sobre las emociones humanas sino sobre el todo poético por llamarlo de alguna manera; no es sólo pensar en el espacio que toma cuerpo de lo humano, el espacio que se hace ser, sino en la palabra que quiere explicarse a sí misma, explicar su origen, esa palabra que se convierte en un espejo del lenguaje y del pensamiento poético, palabra que quiere explicar su espacio. Al leer a Guillermo Sucre he sentido una enorme fascinación no sólo por los encuentros espirituales y emocionales que me ha dejado la lectura de su poesía, sino también porque de alguna forma es como si en ella leyera gran parte de la historia del mundo y de la literatura, de los sueños que pretenden explicar la literatura que afortunadamente es inexplicable e infinita. Si fuese explicable no provocaría la misma fascinación, esa sensación del encuentro con el misterio y con la fuga que al final se convierte en una especie de revelación de la vida.
Las lecturas de la vida y de la literatura no deberían estar nunca separadas, leer se vuelve vida cuando la realidad trata de aplazarnos, son relaciones que deberían estar disociadas de la distancia, de los márgenes. Si fuese así estaríamos viendo con un solo ojo el mundo. Nunca podemos apartar la ficción de la realidad porque nuestras primeras imágenes provienen del mundo y de nuestra relación con él. El silencio, la luz, la oscuridad, ¿leer un poema no se convierte en un acto de asociación de sus imágenes con el mundo, con la realidad?, ¿en un pensar en las palabras y las cosas?, ¿en su textura, en su posibilidad, en su ser ahora transfiguración, metáfora posible?
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Sé que debí haber hablado sobre la anemona de mar cuando hice referencia al poema de Guillermo Sucre, a esta especie es a la que se refiere el poeta en su verso, sin embargo, esto provocó en mí una reflexión, realicé un ejercicio de memoria, de esa primera relación con la anemona y con la palabra anemona: no la de mar, no la deshecha, sino la anemona silvestre, incauta, libre, llena de fragilidad y misterio; el misterio de su silencioso lenguaje que la vuelve sueño de sí y del otro. Quizás esa relación silente con el mundo es la que nos hace soñar porque el silencio es una de las más hermosas formas de intimidad y misterio: nos permite construir historias, recuerdos, asociaciones, entablar comparaciones con las visiones y revelaciones tenidas durante esa otra forma de lenguaje, creo que esos momentos superan el verbo ver y se conjugan a otros actos de la sensibilidad como sentir, imaginar, soñar, descubrir.
***
Y ya no se trataba de anemonas de viento sino de anemonas de mar, esas oscuras plantas sostenidas en el abismo, ese abismo oceánico, puro, casi vinculado con la eternidad, con ese contraste secreto del amor, de la huella, se trataba de otro universo verbal habitado en una palabra que deshace la antigua nominación, —la subjetiva nominación—, esa especie de anemona que me arraigaba a la palabra original, en sí misma, nomenclatura que me conjuga al mundo cuando pienso en la anemona deshecha, cuando pienso que en las palabras nos sostenemos en una forma de eternidad y comenzamos a través de ellas a comunicarnos con el otro, silente, huidizo, ser efímero que se une a la tierra cuando es nombre, cuando es nostalgia de querer ser belleza y se me viene a la cabeza la palabra virtuoso, pienso no sólo en esa belleza que se resume en lo que finalmente involucra a la evasión, en los momentos que quisimos negar toda esa belleza contenida de horror, en el horror ¿acaso en el dolor no hay algo humano, bello? Y me sostengo en ese desconocimiento de las cosas que me seduce, ese desconocimiento de la totalidad, de una palabra que se une a otra para allanar nuevas fronteras, nuevos límites en otras significaciones de imágenes inexploradas, de territorios apenas descubiertos cuando una palabra me lleva al equivoco, al deslumbre, a querer comenzar a indagarla siquiera por el error o los errores de mis sueños y mis recuerdos. ¿Al soñar ese vínculo no me estaba deslumbrado antes las palabras cuando se unen a otras y una sola, habitante de ese espacio difuso me mostraba sólo una parte de una complejidad?, reitero nuevamente a esa anemona deshecha en un océano triste y me involucro con las anemonas de mar. Sueño mi anemona, a ese ser deshecho que es una de las tantas que existen, que quizás es todas porque nunca dijiste a cuál anemona te referías, dijiste que estaba deshecha y eso la hace única y dueña de una pluralidad, de esa hermosa pluralidad del lenguaje que sólo me une con esa nostalgia inmersa en ese oceáno triste.
Maryfel Alvarado
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