miércoles, 3 de junio de 2009

Antihéroes y tumbas


El cementerio comenzó a destejerse, a plagar el mundo, a ser un olvido. Era una tarde con aires de terminar siendo lluviosa. Me bajé del bus y llegué allí por error. Estaba buscando otro cementerio y en esos lugares lo único que se encuentra es el rastro de la muerte cuando no se sabe qué es lo que se busca. Yo buscaba la tumba de mi padre.

Casualmente leía el libro Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato antes del circunstancial error o hallazgo de la perversidad. No era mi héroe, y yo buscaba lo que quedaba de él si algo físico queda luego del descenso. Pensé por un momento en el libro y en esas historias que airean en las transformaciones de las ciudades, en ese hermoso Buenos Aires que aún para mí es un sueño pero a través de esa lectura lo siento más cerca de mi nostalgia. Masculinizamos y feminizamos a las palabras, les damos géneros. Quizás soy un personaje un poco sabatiano, otra Alejandra que también sufre de complejos edípicos y se llama así por los juegos de la causalidad. Mi mamá también se llamaba Alejandra, causa y edad por la que así me llamo. Temo a la muerte en todos sus tipos: a la que es por olvido, la física, o la que llega cuando dejamos de amar; en especial porque no quiero dejar de sentir, mas, ¿cómo seré cuando mis ojos ya no vean, cuando mi boca no diga lo que siento, cuando mis manos no acaricien lo que amo? ¿Seré un remordimiento o un placer? Tampoco conocía a Caracas, iba a ella por mi padre, por cumplir con una bendita promesa de visitarlo al morir y hablar con él lo que no se habló en vida. ¿Hablaría con rocas, con mármoles? Quedaban pocas palabras y pocos recuerdos de lo que fue. Mis 15 años revivían en la evocación. Cuando tenía esa edad fue la primera vez que lo vi y le dije Hola con todas las fuerzas de mi odio y mi desamparo. Era mi padre, mi progenitor, sin embargo no tenía el lugar que mi abuelo había heredado tras años de silencio y bondad. Estuvo a mi lado enseñándome el amor y las tablas de multiplicar, así como las capitales de los suelos europeos y americanos. De sus labios oí por primera vez hablar sobre ese Buenos Aires. Caracas también tomó cuerpo como muchas veces anteriores y posteriores, seguía siendo ajena.

El hecho es que hubo una confusión de puntos cardinales, de sur a este, de este a sur. Debía ir al cementerio del este y por error aterricé en el sur palpando la miseria, las tumbas profanadas. Aterricé allí para comprobarlo. Algunos chicos estudiantes de Medicina y practicantes de brujerías pagan dinero a los excavadores del cementerio. Atraviesan el límite del respeto que al menos debería existir, el límite de la misma existencia que nos sella y nos aplaza irremediablemente tras los ejes de la mortalidad. Violan lo deleznable, bifurcan a través de los restos de vidas que en algún momento fueron latidos y caricias, que fueron tal vez amor. Quién sabe si hubiesen podido terminar por ser uno de esos cuerpos que se encuentran abandonados en un anatómico de la Facultad de Medicina porque no tienen familiares ni amigos cercanos; así sucede en la Universidad del Zulia en la que los estudiantes los utilizan para explorar nuestra efímera anatomía. Una vez visité el anatómico y no supe que era más fuerte: si el olor a formol o a miseria. Fue un día lleno de sensaciones inefables.

Soy extremadamente pesimista. A cualquiera le daría miedo saber que se le va a enterrar después de saber todo eso, en lo personal yo quiero que me incineren. Les tengo que confesar que en una ciudad muy cercana a la mía, a algunos rockeritos les encanta escarbar en los linderos del ocultismo y con sus poses de dioses de la oscuridad violan el camposanto. Qué palabra tan remota como estos asuntos de la profanación, de la violación de los cuerpos. Me invade el temor.

Soy ajena. Me marcho a tomar otro bus para ir al cementerio del este a seguir buscando la tumba de mi padre. ¿Hablaré allí con rocas, con mármoles?

Maryfel Alvarado

14/05/2009

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