Carta mini-prólogo a los lectores
Queridos lectores:
Quizás la escritura de estos diálogos los haga remitirse a la lectura de El caballero inexistente de Italo Calvino y esto les quite la nota de que hubiesen podido llegar a pensar que Agilulfo era un personaje inventado por mí y no un caballero inexistente que existe en la ficción.
Maryfel Alvarado
Narraciones y percepciones de la inexistencia
La estatua del general Rafael Urdaneta no sabía de qué estaba compuesto su cuerpo. Quizás era como el caballero Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, como ese caballero inexistente que tomaba el cuerpo de las palabras, de las significaciones. La ficción y la realidad se encontraban esta vez. La estatua de Urdaneta abrió los ojos y comenzó a contemplar este siglo y sus aires. La ciudad transformada por los rastros de la evolución, el vaivén de vehículos y de estaciones imaginarias, mientras que en el momento en el que desapareció de la novela El Caballero Inexistente, Agilulfo atravesó la dimensión de la ficción y llegó a la realidad aterrizando con una forma espectral en el Paseo Los Próceres de Caracas.
En el momento de su desaparición había olvidado su armadura y esta fue heredada por otros de los personajes llamado Rambaldo. Todo sucedía como una película, una novela, un cuento de ciencia ficción o como uno de los capítulos de la famosa serie de televisión estadounidense Twilight zone, traducida al español como La dimensión desconocida en la que cualquier cosa puede ser posible. Agilulfo esta vez era sólo una voz. Una lejanía. No tenía una coraza.
Mientras desandaba a través del Paseo Los Próceres, recordó el momento en el que había perdido su nombre de caballero y observó como una de esas estatuas miraba fijamente al horizonte. Sus ojos parecían contener la luz del alguien que había estado dormido desde siempre y despertaba para sentir el hallazgo de ser existencia. Se acercó y le dijo “Hola, soy Agilulfo y trato de encontrar una coraza que me haga sentir que existo y no soy sólo este viento que desprende palabras en la lejanía”. Urdaneta se alegró porque esa voz lo hacía sentirse menos solo. El mundo había tomado otra composición y pensaba que todo esto era muy distinto, que quizás ya no existían los héroes y estos eran estatuas, que sus cuerpos se desintegraban en las tumbas, que las épocas del heroísmo en estos tiempos se sentían remotas. La gente parecía estar más concentrada en otras cosas. Cuando él se detenía a escuchar las conversaciones entre los visitantes pensaba que estos se preocupaban más por lo inmediato. Eran épocas más solitarias y no existía el mismo sentido de patriotismo por el cual Agilulfo y él querían volver a ser algo más que aire y rocas. Querían volver a tener un cuerpo y una coraza con las que cubrirse. La voluntad les llenaba el espíritu, la voluntad perdida en esos siglos en el que los hombres luchaban por su patria y por la libertad, en los tiempos en los que la libertad todavía era un sueño.
Las otras estatuas no habían despertado y continuaban siendo piedras inmóviles. Le dijo que él ya no conocía la ciudad, que ese sitio era extraño y no le recordaba en nada a la Caracas que conoció, que se sentía en un futuro lejano al de la época en la que realmente existió. Sentía que se prolongaba su inexistencia.
Yo los vi porque en ese momento daba una vuelta por el paseo. Por un instante mi mente no pudo digerir lo que estaba viendo. Los escuché porque casualmente caminaba a través de las hileras en las que se encontraban esas estatuas. A Agilulfo lo escuché y sentí un poco de escalofríos. Tal vez es una reacción natural cuando no se está acostumbrado a vivir estas experiencias. Tal vez si hubiese sido otra me hubiese desmayado o hubiese corrido mas sin embargo fue todo lo contrario: sentí una especie de morbosidad y extrañeza ante estos hechos. Soy de esas que cree que en la vida cualquier cosa es posible. Sentí el momentáneo asombro de una principiante en que por primera vez percibe los abismos de lo paranormal.
Después de un rato tuve que regresar a mi casa porque comenzaba a oscurecer. Al otro día compré el libro El caballero inexistente de Italo Calvino y me dediqué a conocer de cerca al personaje cuando lo leí.
Hace dos días volví para intentar escuchar otra de las conversaciones entre ellos. La estatua del general Rafael Urdaneta volvía a tener su perpetua mirada vacía y del caballero inexistente no quedaba nada. No se escuchaban los ecos de sus palabras que se perdían y se tejían en el aire. Seguía prolongándose la inexistencia. Tal vez Rafael Urdaneta y Agilulfo vivirían en las memorias de otros y recobrarían su existencia cuando sus presencias en los mármoles, en las piedras y las palabras le dieran sentido a otras tantas vidas que luego serían iguales que las suyas, inexistentes.
Maryfel Alvarado
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